"No es Hoy,Lo es Ahora" (novela de ficción,escrita hace ya 5 años.) - 61 pags.
PRIMER CAPÏTULO.
NO ES HOY, LO ES AHORA
CAPITULO I
La fantástica ciudad de Medellín
Con quince años soy un flacucho que acumula algunas cargadas y notas sanciones en el colegio. Vivo en una casa de techos altos, antigua, tiene más de 100 años de historia. Es un museo de rarezas, antigua imprenta, nada falta en las alacenas, en los muebles. Cajones, vitrinas, mostradores, cajoneras y muestrarios atesoran el recuerdo de varias familias son parte de la historia de Río Cuarto.
Mis cuarenta y seis años. Hoy, por ejemplo, repaso un viejo álbum de fotos que miro muy de vez en cuando. Todas esas veces, recuerdo como se conocieron mis padres. Aquel encuentro debe haber sido mágico, intrascendente para algunos, olvidado en el tiempo, pero fructuoso. El álbum, mero recuerdo de papeles fotográficos, sirve ahora como ayuda memoria.
Fue en una Kermesse, hace ya bastantes años. La feria de Río Cuarto de todos los veranos. Las fotos demuestran fielmente una vida, una época. Los trajes, la gomina y una fiesta llena de alegría, sorpresas, colores y fantasía. La clase, las costumbres. Y recuerdo lo que me contaron y he juntado todos los frascos de golosinas de la memoria familiar de una misma historia, de dos vidas. Ella ahí, en uno de los puestos de la Kermesse. Una cara linda, con facciones apenas pronunciadas. Sus curvas suaves, y una sonrisa levemente marcada, pero inmensa, lúcida.
Y estaba allí, amable y en su juego. Cuidando cobrar las monedas por un turno. Todo consiste en una cajita, donde ocurría una carrera de caballos de madera, una miniatura. Un recuerdo sutil de la época. Aquí se conocieron en un juego, En aquella distracción hubo una excusa.
Él, juega una y otra vez. Nunca dijo, luego, en charlas posteriores, si le gustaba, si ganaba, si perdía. Sé que no le gustaba apostar; quizá fue allí su única y primera vez, la apuesta no redobló, murió casado con ella. Era un tipo sincero, fuerte y muy tenaz. Volvía, estaba ella.
Sus ojos no dejan de mirarlo. Así, una y otra vez, vuelve y se anima cada vez más.
Me imagino aquel encuentro, aquellas visitas esporádicas que luego se convertirían en el encuentro amoroso más largo de sus vidas. Charlaban, como se dice. Luego, el tiempo, los años, el matrimonio.
Tal vez sea mejor mencionar su apuesta más arriesgada como un ejemplo de lo que hicieron juntos. Sin ser dueños de grandes peculios ni castillos ni mansiones, gozan de un hogar, lugar desde donde siempre se parte, poseedores de un amor inmenso, criaron tres hijos, quienes abrigados de ese amor supieron repartirlo por el mundo.
Un amor de ferias. Verlos a mis hermanos es saber que en realidad esa es la fortuna más justa y fundamental. El resultado es el mismo en casi toda familia curiosa, rebuscona, luchadora. El amor es la excusa para vivir cada día y saber que apreciamos a quienes nos aman, a quienes amamos y a quien es amado.
Viajamos mucho como familia, como troupe, a las sierras de Córdoba y a otras latitudes. Guarda las fotos con esmero. Las saca de la biblioteca una y otra vez para mostrarlas a aquel invitado incauto que se disponga a observarlas (al menos las más importantes) y debe escuchar atentamente las anécdotas, aquellas porciones de tiempo que rescata esa foto o cual otra. Y junto a un mate, compartir el tiempo. Pensamientos, anécdotas y aventuras de fin de semana. Vivir, en fin, como ya lo hacían desde hace años, de los recuerdos, de los nietos. Y por fin vinieron los nietos. Y hasta los bisnietos.
Quien pensaría que ese encuentro iba a ser tan importante, digo, dejó los tres hijos, hijos de los hijos y bisnietos. Esmerado en criarlos paso buena parte de su vida. Me acuerdo que hasta hace pocos años no se decía ninguna mala palabra en la casa, nada. Puro respeto. Pero ahora, él ya no está y casi todo, o por lo menos mucho, a cambiado. El clima es diferente, Las situaciones no son las mismas. Su silla está vacía, y su corazón ha dejado de latir.
Ahora queda la duda. Cuáles fueron sus primeras palabras en aquella Kermesse ¿Fue cauto, audaz? ¿Qué fue lo que más le impactó de aquella joven mujer? Secretos que solo él los sabe y nunca contó.
Es un Centro Forward muy ágil, o lo que ahora es un nueve de área, un goleador en la cancha. Le gustaba mucho el futbol y los amigos. Jugó en su Club, el Atenas de Río Cuarto, club que ahora, todavía, es de barrio. Sus anécdotas, presentes en mi memoria, y Tesoriere, el arquero al que le llegó a hacer unos goles, sintió la fuerza de su pegada, podría haber salido en el temprano diario de la ciudad. Esa fuerza no le dio sólo pasión, le dio amigos.
Ahora que el no está entre nosotros, recién ahora, se lo ve a Juancito su mejor amigo, y te das cuenta que la amistad vive y perdura después de la vida. Lo lloró mucho en su despedida. Amigos por siempre y para siempre, lazos de amistad que no se van con el tiempo, al contrario, se expulsan hacia una eternidad, congelados, en la inexistencia, en la sensible armonía del alma.
Y bueno, ahí está el encanto de vivir. Somos de alguna forma misteriosa victimas de aquellos encuentros, resultados de aquellos amores de feria. Podemos quedar enamorados como el algodón, ser infaustos, carecer o merecer la inocencia, o previsores, tener habilidades. Cualquier método servirá para encontrarnos o separarnos una y otra vez. Como eslabones de una cadena, tal vez para siempre.
Una vez encontré el revólver de mi abuelo así de pasada. Da miedo. Es oscuro, de metal frío, opaco. Lo miré, lo volví a guardar con el real presentimiento de que las armas no sirven para nada. Pero esta vez fue diferente. Alguien toca la puerta, habla un rato y se va. Estamos en la casa del hermano, medio hermano como me enteré después, de Miguel, el rolo, mi compañero de viaje bogotano. Es uno de los barrios altos de Medellín, barrios peligrosos. Tengan este paquete, escucho. Es un revólver, otro revolver, envuelto en una tela blanca, un poco sucia. El hermano de Miguel lo trae, charla sobre lo que es pero no le entiendo. Miguel se abalanza hacia él con seguridad y decisión. Lo desenvuelve y revisaba, le resulta curioso y lo inspecciona. Me lo pasa. Lo toco. Está tibio, recién usado, alguien lo disparó. El tipo probablemente se regalo una trifulca y descarta el revólver para no comprometerse con la policía. Sentir ese calor me sorprende y me asusta. Así es Medellín, caliente y violento.
La ciudad de los poetas y de las gordas de Botero asume un lado oscuro que da escalofríos. Tienen el capricho de haber construido un edificio inteligente, su urbanización mira hacia el progreso, la tecnología y la cultura. Miles de barrios que nunca conocí y la avenida Setenta. Una calle luminosa con restaurantes y bares nocturnos. Allí pasamos la mayor parte del tiempo vendiendo artesanías, juntando plata para comer y tomar algo de noche. Mal no la pasamos. Nunca como menos de dos veces al día. Por cada comedor que vemos Miguel me enseña a regatear. Cambiamos unos aritos o collares hechos de alambre de alpaca. Pero lo más importante es como lo pedimos. Es difícil perder la vergüenza y saber decir las palabras justas. Al tiempo me acostumbro y a la hora de la puesta del sol recorremos los comedores. Se habla un poco y un plato hay seguro. Desfilamos por varios y así un par de veces más. El estomago vacila cuáles nutrientes digerir entre tanta variedad. Gordos y bien comidos volvemos a la casa que nos toca esta semana. Los fines de semana salimos a algún bar a tomar unos tragos.
Dormimos adonde nos invitan esquivando la plata del alquiler. La mayoría de las veces somos invitados especiales. Un argentino y un bogotano artesanos son hueco de miles de anécdotas y la gente se divierte con nosotros o les da nostalgia y apuro y nos amparan en sus hogares.
Mi parche es algo especial, aprendo el oficio del artesano por curiosidad y necesidad. Sin plata y a miles de kilómetros de Argentina estoy obligado a jugarme por algo que me ayudara a volver a casa. Me regalaron un trozo de tela de paño negro de un metro por metro y medio y ahí, sobre el piso de la vereda, ubico unas piedras, unas pulseras de hilo, algunos collares, aritos y con eso hay que ganarse unos pesos. Un día, por la Setenta y al lado mío hay un chico flaco, alto, una barba apenas de días.
Juega con un sombrero. Distrae, imperceptible mientras y lo surten a cada rato de monedas. Yo lo miré. Nos pusimos a charlar. Soy Miguel, me dice. Vamos a comer algo. ¿Comiste? y yo no sabía si decirle la verdad. Hasta ese momento era un viajero perdido y sin plata. A partir de ahí no fuimos de aventura. Yo tenía una guitarra criolla negra con cuerdas de metal que me regaló Marlon, un amigo del Medallo, los paisas que viven en los barrios altos de la ciudad la llaman el Medallo a la gran ciudad de Medellín. Y es la justa combinación, nuestro parche tiene música y venta de cosechas artesanales. Otras veces recorremos el Metro a pedir plata para completar el pasaje. Es mentira. Plata no tenemos, menos ganas de viajar, pero con esas monedas que nos daban juntamos unos pesos para comer y para un vino o una cerveza.
A Miguel lo adopta una familia de Bogota que no los pude conocer pero habla de ellos, me lo cuenta ya al tiempo y por algo que nunca supe se fue de su casa y anda de vagabundo por la ciudad. Una noche salimos a un boliche a bailar, después del día de actividades Artesanganas. Nos decidimos por un bar de medio pelo. Cuando la noche estaba terminando se acerca alguien, que al parecer lo conoce a Miguel. Dice que tiene una casa en un pueblito, cerca, algo así como una quinta de descanso de unos parientes. Si no tenemos donde ir podemos pasar ahí el fin de semana. Fue como un descanso de la semana, unos días alejado de la ciudad nos iba a hacer bien. Partimos. ¿Queda lejos? No si es acá nomás, nos dijo. Cuando llegamos al pueblo después de un corto viaje nos sentimos aliviados, salir de la ciudad y dormir cómodos. Le volvimos a preguntar ¿Queda lejos? No, si es acá nomás.
La mañana tiene en una neblina apenas densa y la temperatura es fría, apenas fría. Caminamos como cuarenta minutos, por caminos de tierra. Las montañas recreaban el paisaje y la tranquilidad es parte de la danza vacacional. Es lejos. Primera mentira.
Llegamos a la casa. En la punta de un cerro levemente elevado y rodeado por una gran zona verde el lugar brilla en su esplendor natural, se siente un cálido aire de vallecito, es exagerado. Apenas presto atención a nuestro pequeño nuevo acompañante. Confío en Miguel y pienso en disfrutar la casa. Este chico tiene una camisa verde, estilo carpintera. Es petiso. No dice nada, no habla mucho, se sube al techo. Salta por una ventana hacia la casa. Abre la puerta por dentro y nos invitó a pasar. Entramos.
Hay un televisor viejo en el living, al lado la cocina y las habitaciones, una sala con una mesa de tenis de mesa y la heladera vacía. Decidimos salir a caminar con una bolsa y pedir unas verduras a los vecinos para hacer una sopa. Me toca a mí y al chico de camisa verde.
Es cerca del mediodía. Nos habían dado varias cosas. Unas verduras y hasta unos huevos que yo pensaba hacer en una gran tortilla. Tan lejos nos fuimos que se pensó en volver en un colectivo del pueblo. Nos sentamos en la parte del frente de la Chiva, no arriba del animal sino en los colectivos de la villa, casi cerca del chofer. Al rato reconocí la casa y me levante para bajarme, me extraño que este chico no se levantó y quieto en su asiento, no piensa en moverse.
Vamos, le dije, es acá, pero ni me miró. Estaba duro. Extrañado, me bajé solo y desde la puerta del colectivo miré mejor la casa. Había un Renault 12 estacionado.
Entro a la casa y un señor me dice, ¿Vos quien sos? Lo miro y veo a Miguel que discute con este señor muy encrespado. Hay también una señora con unas chicas de mi edad. Yo soy argentino y estoy viajando, le digo. No me cree. Le explicamos que estamos acá porque nos habían invitado. ¿Quién los invitó? Miguel sabe el nombre del chico de camisa verde, se lo dice, si yo ni lo conocía. Al parecer el hombre tampoco. Segunda mentira. La casa no es de él. Decidí sacar el pasaporte y explicarle que andamos de viaje y que estamos de paso. Al rato el hombre se tranquiliza un poco, tampoco entiende mucho la situación. Es su casa de fin de semana y quiere un descanso, unos días alejados de la misma ciudad. Es su casa. Logré hacerle entender y le dije que nos disculpara, al parecer es el primo de un sobrino de un cuñado, el ya a esta altura imperdonable, hombrecito de camisa verde. Miguel, ya todos más relajados, me pide un papelito y una lapicera, ¿Para qué? dije, y lo veo jugando al tenis de mesa con una chica, que después me entero era la hija de nuestro nuevo anfitrión. Le pedí el teléfono, la voy a llamar, me dice.
En Miguel es el único amigo en quien puedo confiar. Me enseña a salir del paso, a no pasar hambre y pasarla bien. Es alguien que aprovecha todas las situaciones y de una gran rapidez mental. Vive el momento sin prejuicios. A los días se puso de novio con esa chica. Hasta me presentó una amiga de ella.
No tuvimos una despedida, simplemente un día se fue y lo último que supe era que estaba haciendo malabares hasta con cuatro pelotas de tenis. Había estado por la costa, en el mar, siguiendo su viaje. A veces entra a una verdulería y se pone a charlar. Toma un par de huevos y le dice al comerciante que va a jugar con ellos, que va a hacer unos malabares. Si los rompe, los pagaba y si no lo hacía, que se los regale para comer a la noche. Nunca ví que rompiera algo y siempre salía bien parado en cualquier situación.
Tiene un problema en su garganta y no pronuncia bien la erre. No puede decir “ruedan las ruedas del ferrocarril” en r de rueda. La erre gutural, a lo francés da cierta tonada especial que no tiene parecido, Estilo francés colombiano. Habla y cualquier cosa se hace fácil para conseguir. Nunca pagamos un pasaje completo. En Medellín para subirse al colectivo se debe pasar por un molinete y pagar el boleto. Discutía un rato, el colectivero traba el molinete para que los dos pasemos a cambio de la mitad de un pasaje. Sabe cómo moverse en la gran Medellín. Ciudad peligrosa, gigante y espectacular.
Su caminar es seguro, rápido y concentrado. Me doy cuenta de su felicidad al tiempo que me visita en Girardota. Conmigo se anima a viajar más allá de la ciudad, él nunca se había ido del “Medallo” como dicen los Paisas, la gente de Medellín. Conocimos la costa de Santa Marta, una ciudad al norte de Colombia, y descubrió que con sus habilidades podía llegar aun más lejos. Un día lo perdí de vista. Nunca supe más nada de él.
Varias veces salí disparando cuando cerca se escuchan tiros. Una vez, el hermano de Marlon dijo secamente -Corre!. Cuando me doy vuelta a unos pocos metros, cerca de una esquina en las calles del Medallo, un hombre saca su pistola y comienza a tirar tiros con su revolver. Corro como nunca, varias cuadras, muy asustado por el miedo a que alguien huyera para mi lado. Pienso que pueden tirar para el lado que corrimos o al que se le escapa un tiro atraviese mi espalda. Es el miedo mayor, el susto más grande. Los colombianos usan las armas como el argentino usa el mate. Moneda corriente. Son seguros los hombres, valientes. Las mujeres divertidas, todos siempre con ganas de reírse.
La casa donde vive Marlon y su hermano se asienta en los barrios alejados del centro. Llegamos caminando. Hay que subir caminando unas veinte cuadras, todas en subida, camino cansino. Cada vuelta a la casa es escalar un pequeño cerro y llegar sudando y con hambre, precio de haber caminado todo el día, vendiendo artesanías, rebuscar la calle y tomar un vino todos los días como consagración a lo que se hizo, o cerveza de tardecita.
Dormí en un auto, un Crysler, de los ´60, guardado en un galpón, en una casa con muchos mariguaneros, en un departamento donde lo frecuentaban unos matones, unos vendedores de coca, fiesteros. A todos les caemos bien. Los artesanos, el argentino que anda de aventura. Entramos con mi amigo Miguel a cualquier ambiente.
Una noche, amigas de Miguel nos invitan a una fiesta. Todas mujeres de Medellín, las más lindas. Todas amigas de la novia de Miguel, esa que conoció cuando invadimos su quinta. Al principio fue distante pero a medida que tomamos el trago, que puede ser un poco de ron o aguardiente nos fuimos soltando y nos empezamos a reír todos juntos, nos sentamos en el pasto, un poco alejado de la casa desde donde se veía las luces de Medellín, un lugar impresionante, el verde pasto y un piso imitando la redondez de la tierra, ya que la quinta estaba en la punta de una pequeña colina, el parque de la casa se pierde en el horizonte con las luces de la gran ciudad. Detrás de nosotros la casa de paredes blancas, con una galería, una mesa, que la abandonamos frente a tanto lugar por ubicarse. Pasamos toda la noche tomando trago hasta que Miguel se emborracha. Se cae para atrás y rompe una estantería de vidrio. Silencio. Luego algunas risas, al comprobar que no le paso nada. Pero fue muy escandaloso. Quedó tirado en el piso, ya muy borracho y no se levantó más hasta el otro día. Después fuimos a parar a un pueblo cerca de la gran ciudad, el pueblo de Girardota.
Mi borrachera más fuerte fue en los alumbrados. La ciudad de Medellín se ilumina toda en diciembre. La navidad no es sólo el 24 a la noche. Se festeja todo el mes. Se ilumina los balcones, las calles, luces que cruzan de vereda en vereda, las plazas. La gente festeja sale a caminar, se emborrachan. Nosotros. Ya viviendo en Girardota nos fuimos todo un grupo de amigos con litros y litros de trago a visitar los alumbrados en una Chiva, el colectivo, un camión adornado y pintado con firuletes. Muchas veces usado como transporte de pasajeros en los pueblos y en las comunas. La ultima imagen que recuerdo es caminando por las calles y que había mucha gente. Abrí los ojos y estaba tirado en el pasto. Al lado mío estaba el chileno, el otro Miguel, que me acompaña. Según el, por alguna razón, salí corriendo hasta que me tope con un alambrado con una botella de aguardiente en la mano. Lo choque de frente y lo salte. Al otro lado había un pequeño barranco, rodé y ahí quede, dormido o desmayado, quien sabe, hasta que desperté a la mañana del día siguiente sin saber qué día, año y donde estaba. Mi último recuerdo es que alguien me quería sacar la damajuana de aguardiente. Tres litros del divino brebaje.
Cerca de Girardota, que se fundó el 21 de Septiembre de 1833. Tiene 1824 habitantes, está el paraje de Juan Cojo y Cabildo. Subiendo pequeñas elevaciones serranas nacen las quintas, campos, lugares donde cortan la caña y hacen la panela. Una panela puede durar hasta meses pensando que una taza de té o café necesita apenas un cubito.
La zona rural del municipio está dividida en 30 veredas. Alguna de ellas con nombres muy particulares. El Paraíso y la Mata, La Matica, Los Ochoa y la Palma, Yarumo, Jamundí y el Palmar, Mangarriba, Juan Cojo, el Barro y el Totumo.
El nombre se debe al prócer Atanasio Girardot. Una iglesia conocida por sus milagros y favores del Señor Caído enfrenta la plaza principal. No hay mucho más. Pero si casas coloniales.
Todo el pueblo está rodeado por montañas boscosas que tapan el horizonte.
Tienen el mejor café del mundo, poblaciones ricas en terrenos fértiles cultivan en los cafetales la semilla que luego la dejan secar al sol. Pero el poblado campesino sufre las terribles consecuencias de una guerra ajena. En Girardota, los primeros días en el pueblo no tenemos mucho para comer ya que en un pueblo es más difícil conseguir comedores que se apiaden de unos sucios y apestosos artesanos (el chileno Miguel dice que somos artesanganos, más parecido a un zángano que a un artista). Por eso y por gracia de las señoras de gran espíritu, hermanas de la comunidad católica, una religiosa se nos acerca para invitarnos a su comedor comunitario de la iglesia.
En los terrenos de la Iglesia del Señor Caído se encuentra una sala con una cocina contigua. Por unos mil pesos colombianos (en esa época era más o menos cincuenta centavos de dólar) nos daban una buena comida, arroz, porotos (o garbanzos), un poco de carne, de postre una fruta o flan y jugo natural de fruta para tomar. Nuestra amiga religiosa nos cuida y aconseja y realmente nos trata muy bien. Pero lo más duro fue ver allí, en los comedores, a los desplazados. Ellos son gente de campo, trabajadores de su tierra, granjeros que viven de su trabajo, desplazados por la guerrilla o los grupos paramilitares por estar en zona de guerra. Familias enteras que quedan sin su propia vivienda y en la calle, acusados, a veces, de ser cómplices.
Los artesanos (o artezanganos), los desplazados, mucha gente muy humilde y niños abandonados, almorzando todos los días juntos, era una situación en la cual me hace sentir con un poco de vergüenza, en un lugar de una realidad intensa y comprometida. Si las enseñanzas son las experiencias de vida, quizá aprendí allí a sentir la igualdad de la humanidad. Acaso nadie es tan diferente y en la humildad se aprende la esencia de las personas. Despojadas de todo lo material, no queda más que la sangre misma, el espíritu de las personas abierto, y se trasluce la sinceridad. Entregar amor y comprensión, calma el pesado compromiso de llevar una vida dura, llena de carencias y limitaciones.
Cual era la vergüenza, entonces, de estar ahí. Pienso ahora en estar agradecido a mi amiga religiosa, la hermana de la congregación que nos dio su permiso y a mis amigos del comedor por haber compartido un momento de pura conciencia espiritual.


